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<Diez años. Diez años han pasado y yo sigo aquí, encerrado. Diez años de persecución, cacería y desesperación. Diez años. Ja, no funciona. Me llamo Kardaem Zardeín, tengo cuarenta y seis años y tengo el cuerpo de un joven de veinticinco. Soy alto, demasiado como para ser de este país, corpulento, muy fuerte (lo cual es necesario), con la cara de pómulos anchos, cejas tupidas, ojos grandes y perspicaces, una barba larga y toda la piel repleta de cicatrices, las huellas de mi supervivencia. ¿Por qué estoy aquí? Oh, eso es sencillo de decir: maté al rey, a ese maldito hijo de perra que se creía señor de todo. Era un mercenario, pero no fue necesaria una exorbitante cantidad para que yo me decidiera a matarlo. Odiaba a mi hermano, lo odiaba hasta con la más ínfima molécula de mi cuerpo, porque Él me lo ordenó. Maté al rey Sartre Zardeín. Pero no pude escapar, me atraparon y me llevaron a juicio. No era la primera vez que me encerraban, pero sí la primera en la que no sabían si respetar mi nobleza o hacerme arder en el infierno. Mi padre les dijo lo que debían hacer: infierno. Aunque antes quisieron saber por qué lo había matado. — Él me lo dijo, me dijo que mi hermano era malo, que debía odiarlo, que debía morir. Yo sólo cumplí su voluntad— recuerdo que dije con la cabeza gacha frente a la corte del rey, en una habitación amplia y llena de estandartes. — ¿Quién es “ÉL”?— preguntó el juez, y claro, en la mente otros tantos, pero ahí sólo el juez tenía el poder de palabra. — Él es invisible. Él está aquí. Él me dice todo lo que debo hacer— contesté. Ya no quisieron llevar eso a más. Dictaron sentencia, pero una peor que la muerte. De las tantas veces que me habían encerrado, siempre había logrado escapar. Entonces mandaron a construir una prisión sólo para mí y ahí me echaron, con la promesa de que, si escapaba, todos mis pecados serían absueltos. El Laberinto— dado que su ingenio no daba para más— era precisamente eso: un laberinto. Miles de piedras formaban miles de paredes y pasillos que se enredaban para confundir, que se cerraban para desesperar y se estrechaban para sofocar. Pero laberintos hay muchos, y éste debía ser especial— diría que me siento halagado de no ser que mi enorme regalo casi me mata. Flechas envenenadas, plantas y animales salvajes, todos ellos con una única razón para estar ahí: matarme. Pero no sólo fue mi prisión, también la de miles de psicópatas asesinos.Aunque quienes los metieron ahí juraron hacerlos nobles si me mataban. En esta lucha se han vuelto locos y yo sigo ganando. Lucho contra bestias salvajes que desean devorarme, contra el prójimo que desea asesinarme y, sin embargo, eso no es lo peor realmente. Este laberinto fue ideado con un único y verdadero objetivo: enloquecerme. La poca luz que le otorgaron a mi prisión hace que todo cuerpo sea una enorme sombra, aunque de esto puedo sacar ventaja: mis enemigos, tanto humanos como bestias, se confunden por las sombras y se matan entre sí. Y no sólo eso, con tantos cuerpos tengo un grandioso banquete. Sin embargo es con el juego de los espejos donde en verdad sufro. Muchas de las paredes de este laberinto son espejos pegados al muro, que, con tan poca luz, hacen que mi reflejo parezca una sombra y, por lo tanto, que yo tenga cuidado de ella y la desee matar. Además de que muchos de estos espejos esconden más armas mortales. Es desesperante pero yo he sobrevivido, si es que la vida tiene algo de valor en este lugar. Durante el día— no, no entra luz, pero mi “día” es el tiempo que estoy despierto— peleo por comida y por no ser comido, mientras por la noche escucho los gemidos de agonía y locura de los otros. ¿Recuerdas cuando nos reencontramos? Creía que eras uno de ellos y te quise matar, pero al ver nuestras sombras vi que eras tú. Nuestras sombras eran una sola, nuestros movimientos eran idénticos, y si no fuera por esta maldita oscuridad, sabría que nuestros rostros son similares. Pasamos la noche, recordando viejos tiempos, comiendo lo poco que ofrece el laberinto. Pero al día siguiente, cuando quise continuar mi camino, no me acompañabas: si yo me movía hacía un lado, sí me seguías, pero si tomaba el camino de la salida, tú te alejabas hacia el otro lado. Entonces regresaba por ti y tú regresabas para preguntarme que por qué no nos quedábamos. Cedí, desde entonces soy yo el que sale por la comida, la bebida y algo con que divertirnos. He de admitirlo, la vida se ha vuelto mucho mejor contigo aquí. Eres el único amigo y aunque estoy expuesto por mantenerme en un solo lugar— ellos me huelen— sé que, por ti, venceré cualquier obstáculo. Tú eres mi amigo. Tú sabes qué es lo correcto. Tú, que estás dentro de mí. Tú, que me ordenaste matar a mi hermano. Tú, cuyo único nombre es Él. Eduardo Camps. 2009
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